“Hablen bien de México”

PAULINO CÁRDENAS

Igual que hizo en diversas ocasiones su antecesor Felipe Calderón, el presidente Enrique Peña Nieto pidió a los diplomáticos y a quienes tienen que ver con el exterior, hablar bien de México, hablar con objetividad de las cosas buenas que tiene el país; hablar con ponderación de las ventajas que ofrece, para desvanecer la apreciación de que aquí hay un enorme caos y una enorme inseguridad, aunque los hechos demuestren que en gran medida así sigue siendo.. El ex presidente llegó a criticar ‘a quienes difunden una imagen negativa de México’, donde, hasta la fecha, prevalece el caos y la inseguridad. Llegó a decir : “Hablar mal del país es, para muchos, no sólo un esfuerzo cotidiano; hasta de eso viven”. Fue una de tantas imbecilidades que dijo en su afán de no reconocer el fracaso de su guerra. El recurso de apelar a la percepción lo hizo suyo el ex mandatario panista, como parece que su sucesor quiere empezar a manejarlo.

Es un subterfugio para, en lugar de ver la realidad tal como es, se prefiere dar por cierto lo que la gente cree que es, un trabajo que habitualmente se hace por encargo las encuestadoras, que no necesariamente revelan la realidad de las cosas, como la que acaba de dar a conocer el INEGI sobre el tema de la inseguridad; no basta con preguntar si hoy percibe mejor las cosas que ayer, o si el solo hecho del cambio de mando le parece que haya solucionado por sí mismo la realidad, y haya terminado como por arte de magia la inseguridad y los baños de sangre que siguen dándose en casi todo el país. No es prefiriendo la percepción a la realidad, como se van a acabar los problemas.

Todo mundo sabe que las respuestas que realizan los encuestadores son procesadas a modo. No es lo mismo que se le pregunte qué percepción tiene de la violencia a quienes han sido vícitimas directa o indirectas de ella, que a quienes viven en un mundo alejado del incesante ruido que produce el tableteo de las metralletas, de las AK-47, de los granadazos, No es lo mismo una respuesta de quienes han visto en vivo y en directo a gente mutilada, descabezada, colgada de un puente o que es cercana a quienes han sido torturados o sufrido despariciones forzadas o que han sido violadas, que las que viven en su propio limbo alejadas de la cotidiana violencia, y de la ola de sangre que padecen decenas de municipios en el país. Las percepciones de unos y otros son muy distintas.

No puede negarse casos como el que está sucediendo en estos momentos en la Costa Chica del estado de Guerrero, en donde ciudadanos de cinco municipios de la región se armaron para vigilar la ciudad de Ayutla e instalaron retenes en las carreteras, desde el sábado, en contra de la delincuencia organizada que realiza levantones, extorsiones, secuestros, el cobro de piso, violaciones sexuales y amenaza a los pobladores de las comunidades, esto, luego de que el comisario de la comunidad de Rancho Nuevo, municipio de Tecoanapa, fuera secuestrado por un grupo de la delincuencia organizada.

El movimiento, en el que participan unos 800 ciudadanos de los municipios de Ayutla, Tecoanapa, Florencio Villarreal y Copala, se suma al levantamiento armado que ciudadanos de los municipios de Olinalá y Cualac, en la región de La Montaña, emprendieron para afrontar la inseguridad durante octubre y noviembre del 2012, y al enfrentamiento entre habitantes de Huamuxtitlán, también en la región de La Montaña, y un grupo de delincuentes al que se relacionó con autoridades municipales, como respuesta al secuestro de 16 personas en junio del mismo año.

Calderón trató, una y otra vez, de que la gente creyera lo que decían las encuestas sobre supuestas bajas en los índices de inseguridad, pero esa estrategia no le funcionó. El recurso de la percepción quiso que supliera a la realidad. Pero los ríos de sangre, las decapitaciones, los cuerpos desmebrados y tirados en las calles y avenidas, los secuestros y las torturas, seguían. Y el terror de la gente que padeció y sigue padeciendo esos sucesos, no desapareció, ni ha desaparecido. Más bien muchas familias han tenido que desplazarse de sus lugares de origen e irse a vivir a otro lado, para salvar el pellejo. Igual que en el pasado inmediato, hoy no se puede hablar de un México que no existe. El país está muy lejos de ser un paraíso terrenal. Tiene cosas invaluables, pero también cosas terribles.

Cierto que hay que prestigiar el nombre de México en el mundo, que se hable bien de sus bondades que las tiene, muchas y sobradas.  Pero también es cierto que no es recurriendo a la percepción como si fuera la realidad que suele ser muy distinta, como se va a acabar el problema de una mala imagen de México motivada por la lucha armada contra los cárteles de la droga; no es así como se va terminar el problema o siquiera a disminuir. Hay que entrarle de frente al asunto y hablarle a los mexicanos con la verdad. Más quienes han sido víctimas directas o idirectas de esa guerra, quienes ya no quieren subterfugios ni mentiras. Quieren que se les hable con la verdad.

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