México es de clase baja

PAULINO CÁRDENAS

Las contrastantes cifras que dio a conocer el Instituto Nacional de Estadística y Geografía, Inegi, en cuanto a los estratos sociales –clase alta, clase media y clase baja, seguramente con alguna finalidad política que pronto se sabrá–, no son ninguna novedad, aunque sí lo es que las haya publicado por primera vez y en donde queda claro que México es un país de clase mayoritariamente baja. ‘Ya lo sabía’ dirán los 66 millones 400 mil de mexicanos que quedaron catalogados en ese estrato. Según ese instituto, en la punta de la pirámide hay un millón 340 mil personas de ‘clase alta’; en la media quedaron registrados en ese estudio 44 millones de mexicanos.

En la clase alta están entre otros, los depredadores del sistema, aquellos ex funcionarios públicos de primer nivel que acaban ricos al término de su gestión, trátese del poder Ejecutivo, Legislativo y Judicial. En este grupo están por supuesto aquellos empresarios que han gozado, entre otros privilegios, de pagar casi nada de impuestos porque saben cultivar amigos en los altos niveles de decisión y repartir favores. Cualquiera podría adivinar los hombres de nombre que están en la llamada clase alta.

En su exposición, el instituto buscó tamizar los conceptos, al decir por ejemplo que clase social baja no es sinónimo de pobreza en esta investigación. “No necesariamente todos los miembros de clase baja son pobres en el sentido de que caigan debajo de un umbral normativo de ingresos y de acceso a bienes y servicios públicos que les impide ejercer su capacidad como miembros de la colectividad nacional”, señala el estudio. ¿Será algo así como que hay pobres que se creen ricos porque completan muchos de sus gastos a base de tarjetazos, lo que complica más su economía y su pretendido estatus?

En el documento se afirma que la pobreza no es una clase social, sino “una condición que puede presentarse con mayor probabilidad para la clase baja”, la cual está constituida por 59.1 por ciento de los habitantes del país, mientras la población en situación de pobreza representa 42.6 por ciento del total nacional, comparó. El estudio define a la “clase baja” como un “segmento heterogéneo pero estable estadísticamente hablando, en el que se presentan distintas situaciones de previsión frente a la adversidad, de cercanía a los mecanismos de protección del Estado y de pertenencia a redes de solidaridad grupal”.

Pese a esa explicación un tanto eufemística, los pobres de siempre han sabido bien que los son, más que nada porque las políticas públicas que prometen instrumentar los gobernantes que aspiran a serlo con el voto mayoritario del ciudadano, a nivel federal, estatal y municipal, no se cumplen cabalmente y muchas ni siquiera logran arrancar.

Antes de las elecciones, los candidatos andan en busca del voto de esa clase baja que es la mayoritaria e incluso sucede lo mismo con la clase media, aunque al final de la película los privilegios de gobierno son para los de la clase alta. Así ha sido siempre. Esta vez, con el gobierno de Peña Nieto, no ha sido la excepción. Hay quienes forman parte de la elite de poder que encabeza el gobierno federal, con los dirigentes de los tres principales partidos políticos que integran el Consejo Rector del Pacto por México, quienes se reparten el pastel y ven por sus intereses más que por los de la ciudadanía que dicen representar o a quienes dicen gobernar. Ahí empiezan las discriminaciones, las desigualades. Y si no, que se lo pregunten al propio Legislativo que se siente desplazado en la toma de decisiones torales porque cuando llegan al Congreso de la Unión, los asuntos ya fueron ‘planchados’ en el Pacto.

Como sea, México siempre ha sido mayoritariamente de clase baja, para no hablar de los mas de 60 millones de pobres que viven como Dios les da a entender, más cerca de siete millones que integran los más pobres de todos los pobres y quienes viven con el Jesús en la boca, ya que por más que gobiernos van y gobiernos vienen que prometen programas y planes para reducer la pobreza, nada sucede. En esta administración la promesa se llama Campaña Nacional contra el Hambre, la cual sigue en veremos, igual que otros programas que por razones diversas no han podido arrancar en este sexenio después de cumplirse seis meses de gobierno.

Todos los gobernadores cuando andan en campaña prometen terminar con la creciente polarización entre ricos y pobres, pero nunca lo logran. Lo innovador en este sexenio ha sido mandar al por mayor iniciativas de reforma al Congreso de la Unión, a ver cuál pega después de ser aprobada y afinadas sus leyes reglamentarias. El problema estriba en que por más reformas que haya, el país no va a cambiar, en tanto la dupla corrupción-impunidad siga reinando en todo acto de gobierno, sobre todo cuando se trata de gastar a discreción el dinero puúblico por parte de los mandatarios de los tres niveles de gobierno, sin ningún coto ni restricción, y sin rendición de cuentas.

Los ejemplos sobran; los hay de cualquier sexenio tomado al azar. Algunos están de moda como Andrés Granier, quien vino a México dizque a demostrar que es inocente. Pero hay muchos otros, como Humberto Moreira quien  dejó a Coahuila peor que el químico a Tabasco. Otros que pertenecen a esa clase depredadora de las arcas públicas anda tras de ellos la justicia; y muchos más, los millonarios de los últimos sexenios a costillas del cargo public o de los favores repartidos, siguen por ahí gozando del discreto encanto de la impunidad que priva en México. Son los que pertenecn a la clase alta.

paulinocardenas.wordpress.com

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