El cambio quedó en quimera

PAULINO CÁRDENAS

A unas semanas de que se cumpla el primer año de gobierno del presidente Peña Nieto, el balance se avizora crítico para su gestión, ya que si bien hace un año por estas fechas había entusiasmo y mucho opritmismo de que al tomar posesión del cargo, México comenzaría a vivir una etapa sin precedentes en los últimos sexenios, hoy las cosas están muy lejos de lograr los mínimos prometidos. Se hablaba de que sería ‘otro PRI’ el que gobernaría y que las reformas que se enviarían al Congreso de la Unión serían históricas; que los niveles de pobreza se reducirían y que el desarrrollo del país comenzaría a vivir una insospechada era. Conceptos más conceptos menos, así pintaban las cosas en el ánimo de quien asumiría el cargo de jefe del Ejecutivo federal el primero de diciembre, mismo entusiasmo que había contagiado a quienes serían los integrantes de su ‘dream team’ y cuyos nombres allá por noviembre pasado empezaban a surgir como los probables miembros de su gabinete.

Muchos creyeron que el candidato ganador vendría al rescate de una nación que había quedado para muchos, dentro y fuera del país, como territorio narco más que otra cosa. Había que romper con ese estigma que le había heredado Felipe Calderón y que había colocado a México como una nación en permanente guerra contra los cárteles de la droga y las mafias del crimen organizado. En ese sentido la estrategia del nuevo gobierno cambió radicalmente, el cual comenzó a dar tempranas señales de que así sería, desde que se integraron los gabinetes de transición del gobierno entrante y saliente. Fue el 5 de septiembre cuando Peña Nieto, como presidente electo, dio a conocer los nombres de los integrantes de su equipo de transición que encabezaron sus hombres más cercanos: Luis Videgaray y Miguel Ángel Osorio Chong. El primero fue designado como coordinador general para la Transición Gubernamental y el segundo como coordinador general para el Diálogo Político y Seguridad. Desde aquel momento se empezó a hablar de reformas.

El primer reto al que quiso hacerle frente el candidato priísta ya como presidente, fue el de convocar a las tres principales fuerzas políticas –PRI, PRD y PAN– para discutir junto con el nuevo gobierno, los planes y proyectos de corto, mediano y largo plazos, intentando una apertura al diálogo franco sin precedente, que logró amalgamar y llevarlo a la realidad desde el segundo día de su gobierno a través del Pacto por México, ideado, dicen, por el priísta José Murat, quien revivió a la política después de que un año antes andaba siendo explusado de su partido, aunque la paternidad se la ha querido arrogar el perredismo chuchista. Como sea, fue un buen principio en el que muchos creyeron como fórmula pragmática de hacer política, lograr acuerdos y llevar la fiesta en paz.

Algunas de las reformas que comenzó a enviar Peña Nieto al Legislativo salieron del seno de esa nueva figura en el que previamente se había integrado un Consejo Rector que aprobaba de manera colegiada los acuerdos que se iban tomando. Después de la toma de posesión llegaron al Congreso varias reformas simultáneamente, las cuales en diversos momentos pasaron a ser analizadas y aprobadas, como fueron la educativa, la de telecomunicaciones y la hacendaria, que aún motivando críticas y cuestionamientos y hasta rechazo de algunos sectores que se sienten afectados por ellas, han ‘transitando’ en ambas Cámaras. Hasta ahí todo iba conforme a lo planeado por el equipo presidencial, aunque con resultados bastante magros en el Legislativo, sobre todo en cuanto a la reforma hacendaria y las nuevas reglas fiscales que fueron aprobadas.

Pero en realidad la reforma que más le importa al jefe del Ejecutivo, que se pudiera aprobar sin tantos cuestionamientos, es la energética, que lleva implícito abrir más la participación de la iniciativa privada en la actividad de la industria petrolera y en la generación de energía eléctrica, a lo que se oponen las izquierdas divididas, aunque la izquierda derechizada que encabezan los Chuchos –Zambrano y Ortega–, han estado alienados con el Ejecutivo y su partido, pese a que mediáticamente se hacen los remolones y hasta niegan que no apoyarán a Peña en las propuestas que faltan.

Son muchos los mexicanos que están decepcionados de los resultados de un gobierno que no ha ha podido encontrar el camino que en teoría se había trazado hace un año como compromisos, lo cual lo corroboran los resultados de la economía que ha ido a la baja en los dos primeros trimestres del año y que en el tercer trimestre con apuros pudo librarla. Como van las cosas, esa grave situación puede llevar a México a una recesión. Y en cuanto a la violencia, ni se diga. Los hechos cotidianos dan cuenta de que el crimen organizado sigue dominando territorios como Michoacán, y no hay para cuando funcione la nueva estrategia anticrimen del gobierno peñanietista, que de ese tema parece no querer saber nada. Malo, porque como el avestruz, parece rehuir a una latente situación peligrosa para el país al dar muestras de que no quiere enfrentar el problema, con tal de no parecerse al gobierno de Calderón.

¿Donde quedaron los compromisos del pasado 2 de diciembre, de lograr una sociedad de derechos con libertad, de un crecimiento económico sostenido, de propiciar la creación de empleos y de que haya competitividad? ¿Y la seguridad y justicia? ¿Y la transparencia, la rendición de cuentas? ¿Y el combate a la corrupción? ¿Y la gobernabilidad democrática? El régimen del cambio quedó en quimera. Y los conflictos sociales crecen, como el movimiento magisterial disidente en donde la falta de oficio político echa por la borda las intenciones de lograr una reforma educativa real y verdadera. Ojalá la violencia no siga creciendo y que el país no acabe hundiéndose en crisis económicas como en el pasado. Todo eso, a casi un año de haber comenzado ‘otra era’, según los augurios de entonces del ‘nuevo PRI’. ¿Desde fuera verán a México de una forma distinta?

http://www.paulinocardenas.wordpress.com

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