Un gobierno priísta incumplido

PAULINO CÁRDENAS

Pese a que el gobierno federal le ha quedado muy mal a los mexicanos, el partido en el poder aspira ganar las llamadas elecciones intermedias. El proyecto transformador del país de Peña Nieto hasta ahora ha sido solo eso, un proyecto solamente, basado en once reformas estructurales que no tienen para cuando concretarse plenamente; acaso la energética que se ha quedado en el arranque; la educativa inconcreta y a la que se resisten los maestros vividores de siempre; la laboral que cojea en varios de sus puntos torales; y la económica que, además de decepcionante, ha sido todo un desastre pese a los augurios cotidianos de que ‘vamos bien’.

A unos días de cumplirse el segundo año de gobierno del presidente Peña Nieto, se festinaba que se habían concretado las reformas propuestas al Congreso con el objetivo de elevar la productividad de México, impulsar su crecimiento económico, fortalecer y ampliar los derechos de los mexicanos y afianzar el régimen democrático y de libertades. ¿Y qué ha pasado? Poco, por no decir nada. Y la administración camina hacia su tercer año.

Y vienen las llamadas elecciones intermedias en las que la dirigencia del partido en el poder tiene afanes ganadores, pese a que el gobierno del ‘nuevo’ PRI ha sido evidentemente improductivo. Si fuera empresa privada para el que trabajara el gobierno, ya lo hubiesen corrido, precisamente por pachorrudo e improductivo. Pero no, en México se vota y pase lo que pase, los mexicanos tienen que aguantarse, salga malo o pésimo el gobierno federal que ganó las elecciones. Así es el sistema y parece que no hay cómo cambiarlo.

Una de las formas podría ser a la hora de votar. Antes de hacerlo el ciudadano debería hacer un acto de reflexión y ver si realmente le conviene volver a votar por un partido que le debe mucho a su pueblo. Un gobierno que se ufana de que en dos años se concretaron las reformas ‘estructurales’ para que México supuestamente tomará ruta hacia el camino de su transformación. Pero hasta ahora la mayoría de los propósitos han quedado en eso. Aunque a diario se diga, se repita y se insista que todo marcha por el buen camino y conforme a los planes trazados.

De poco ha servido que el jefe del Ejecutivo y sus adláteres se echen porras a sí mismo y resalten todos los días que México ‘está en el umbral del desarrollo’ y que está por iniciarse ‘una nueva era de transformación’, cuando no hay nada tangible. Con ese cúmulo de autoelogios, Peña Nieto se presenta con el mismo discurso que acaso lo alienta a él y a su equipo, pero que los mexicanos ven que de las palabras a los hechos hay muchos trechos.

Habla y repite que gracias que se pusieron en marcha los reglamentos necesarios y que se han empezado a ejecutar políticas públicas que permitirán materializar los beneficios de las mismas, en los hechos nada hay que vuelva tangible esos buenos deseos. En cada mensaje, el primer mandatario deja en claro que “el camino no será fácil, ni los resultados serán de inmediato”, pero estos ni siquiera se asoman a lo lejos; no hay signos de su existencia por ningún lado.

Uno que otro rubro que logra lo suyo, como el sector turismo, no hace verano. Es ciertamente una historia de éxito, pero no hay que olvidar que la bondad de la naturaleza que el destino le ha asignado al país en sus litorales y tierra adentro, junto con la bonhomía de la gente y los buenos servicios y la oferta y variedad de comidas propias del lugar o de cocina internacional, cuentan mucho. Ello a pesar de la inseguridad que hay en varios destinos turísticos.

Se ha quedad más en la teoría que hoy México cuente con el marco jurídico y la estructura institucional para iniciar la ruta hacia un nuevo país, en donde todos los mexicanos cuenten con oportunidades, herramientas y capacidades necesarias para construir más historias de éxito. La nación tiene con qué lograrlo. Eso lo saben todos. El problema no es por ahí. El problema es la ineptitud de quienes han llegado a gobernar, que no cuentan con la visión ni con la experiencia que presumían tener. Cuando hablaban de que el ‘nuevo’ PRI sabría como hacerlo, en la vida real resultó un fiasco.

Los priístas que están ahora en el mando -federal, estatal y local-, llegaron a reciclar las mismas mañas de siempre. Llegaron a ver en donde estaba el ‘bisne’ primero que nada. Y empezaron a demostrar sus habilidades para servirse del cargo antes que servir a la ciudadanía y antes que satisfacer necesidades de servicios, prefiriendo hacer negocios privados con recursos públicos y aprovecharse de la influencia del cargo para obtener prebendas de prestadores de servicios al gobierno, como ha quedado demostrado en el tiempo que han vuelto al poder. Los ejemplos ahí están y algunos han sido incluso motivo de escándalos a nivel nacional e internacional.

En 28 meses de gobierno peñanietista el mando federal le ha quedado a deber mucho a los mexicanos. Primero fue grata la sorpresa de que el nuevo mandatario había logrado conjuntar a todos los partidos políticos para hacer un pacto con la oposición y con el partido en el poder que llegaba con afanes dizque renovadores. El llamado Pacto por México permitió sentar a dialogar y concretar acuerdos entre el gobierno federal y los líderes de los partidos: Revolucionario Institucional, Acción Nacional, de la Revolución Democrática con el testimonio del Verde Ecologista y Nueva Alianza, sobre lo que sería ‘el proceso reformador de México’ para elevar su competitividad y productividad.

Así fue como el 2 de diciembre de 2014, en el Castillo de Chapultepec, se llegó a un gran acuerdo para transformar las ideas en compromisos, procurando en todo momento establecer el consenso entre las fuerzas políticas. Sin embargo, aun cuando esto no fue posible, como en el caso de las Reformas Hacendaría y Energética, el mandatario dijo que se había optado por “la construcción de una mayoría suficiente para aprobar las reformas”. Derivado de ese acuerdo nacional, se realizaron 58 modificaciones a la Constitución, se efectuaron 81 cambios a diversas Leyes Secundarias, se crearon 21 ordenamientos jurídicos nuevos abrogándose 15 más. Además se constituyeron tres nuevas instituciones y se buscó el fortalecimiento de trece existentes.

Hoy, aquellos afanes de transformación siguen siendo una quimera, los resultados de las llamadas reformas estructurales han sido pobres y la decepción social mucha. A eso hay que añadirle que el gobierno sigue en falta grave con los mexicanos por los casos Tlatlaya y el de los 43 estudiantes normalistas desaparecidos. Hay, como se sabe, otras asignaturas pendientes, como el de la inseguridad que sigue campeando por todo el país sin que se hayan frenado las actividades del narcotráfico, pese a hacer gala pública de que han sido capturados capos de nombre y renombre.

Otro de los temas que más le pesa a los mexicanos es el del detrimento de la economía, tema sobre el cual, peses a la insistencia diaria del titular de Hacienda de que todo marcha bien en el país, los gobernados no ven por ningún lado el beneficio ya que lejos de ello, además de los impuestos que tienen que pagar, se les amaga con el anuncio de un recorte presupuestal en el gobierno para este año y otro que vendrá, mega, para el 2016.

Este último ‘ajuste histórico’, si se concreta, traerá como consecuencia el despido de miles y miles de trabajadores cuyos ingresos dependen del gobierno, que si son dados de baja en las dependencias del gobierno federal, se sumarán a los millones de desempleados del sexenio. Luego entonces, la pregunta es si la ciudadanía con derecho a votar lo hará por un gobierno que está en falta con tantas promesas hechas en campaña y durante el periodo administrativo que lleva.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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