Fustiga el Papa a empoderados

PAULINO CÁRDENAS

El Papa Francisco fustigó a empoderados que trafican con la necesidad de los mexicanos. Sobre todo con los que viven en condición de desamparo. Lo hizo prácticamente desde su llegada, en Palacio Nacional, en la Catedral Metropolitana, en la Basílica de Guadalupe y en Ecatepec en donde dijo que México no debe ser tierra de traficantes de la muerte.

A la clase política y a los invitados especiales de la clase pudiente que tuvieron el privilegio de estar en la recepción oficial, les dijo sutil pero enérgicamente, que “el privilegio de unos pocos se vuelve terreno fértil para la corrupción y el narcotráfico”. Y al clan eclesiástico, ni se diga. Les dio una sacudida que nadie les había dado.

Lo menos que les dijo a los integrantes del obispero fue que los feligreses no necesitan de príncipes de la Iglesia. Su apatía, cuando no su connivencia, están arruinando la vida de quienes tendrían que proteger y confortar. Fuera de texto los conminó a que si tienen diferencias, que se peleen, que se digan cosas, sus verdades, pero ‘como hombres de Dios’, y si se pasan de la raya, ‘pídanse perdón’.

Pidió a quienes integran el obispado y el sacerdocio de México que no se dejen “corromper por el materialismo trivial ni por las ilusiones seductoras de los acuerdos debajo de la mesa”. Los conminó a no minimizar las repercusiones que narcotráfico tiene en la sociedad: “Les ruego por favor no minusvalorar el desafío ético y anticívico que el narcotráfico representa para la juventud y para la entera sociedad mexicana, comprendida la Iglesia”.

Y en lo que se interpretó como una referencia a los gobernantes y los poderes fácticos, les dijo también a los eclesiásticos en la Catedral Metropolitana: “No pongan su confianza en los ‘carros y caballos’ de los faraones actuales, porque nuestra fuerza es la ‘columna de fuego’ que rompe dividiendo en dos las marejadas del mar”.

Les dijo también que hay una necesidad de ofrecer un “regazo materno” a los jóvenes y captar lo que buscan, pues muchos de ellos son seducidos por la ”potencia vacía del mundo, exaltan las quimeras y se revisten de sus macabros símbolos para comercializar la muerte en cambio de monedas”.

No cabe duda que el Papa Francisco vino decidido a dejar huella en su visita a México. Está yendo más allá que Benedicto XVI y Juan Pablo II cuando estuvieron en el país. El Pontífice no habla solo con la palabra. También con sus gestos, con su mirada que escudriña y que a veces perturba a sus interlocutores. Tiene el don de la paciencia. Sabe escuchar. Bromea de repente como parte de su personalidad.

Pero cuando habla en serio, lo hace en serio; suele hacerlo en voz muy baja, pausadamente, pero levanta el tono de voz para decir las cosas muy claras y acentuadas cuando de fustigar se trata.

Ante todo quería conocer la imagen de la virgen de Guadalupe e ir a visitarla en donde se le venera, en la Basílica. Su deseo más íntimo lo logró; estar en un momento a solas con ella en actitud orante. Por eso, ‘exclusivamente’, dijo y repitió, incluyó a la Ciudad de México en su itinerario. Por eso y porque la representación del Vaticano en México está ubicada en la capital que es donde pernocta.

Más de una vez en sus mensajes se refirió al tema de la violencia que se vive en México y la pérdida de esperanza que pueden estar viviendo las personas. Relató que en el amanecer de 1531 cuando la virgen se apareció a Juan Diego, se produjo “el primer milagro que luego será la memoria viva de todo lo que este santuario custodia”.

En ese encuentro, en la homilía que encabezó en la Basílica de Guadalupe, el obispo de Roma señaló: “Dios despertó la esperanza de los pequeños, de los sufrientes, de los desplazados y descartados, de todos aquellos que sienten que no tienen un lugar digno en estas tierras”. Lo escuchaban el presidente Enrique Peña Nieto y su esposa Angélica Rivera. Y el titular de Gobernación.

El pontífice resaltó que al elegir la llamada patrona de México al indígena Juan Diego en lugar de alguna persona “ilustrada, letrada o perteneciente al grupo de los que podrían hacer”, transformó al pequeño indio en una verdadera bandera de amor y de justicia: “en la construcción de ese otro santuario, el de la vida, el de nuestras comunidades, sociedades y culturas, nadie puede quedar fuera”.

Y en Ecatepec, ayer, en donde estuvo el mandatario del estado de México, Eruviel Ávila, el Papa llamó a gobernantes, al clan eclesiástico y a los fieles, a que México se convierta en “una tierra de oportunidad donde no haya necesidad de emigrar para soñar”. Que México, dijo, sea “una tierra que no tenga que llorar a hombres y mujeres, a jóvenes y niños que terminan destruidos en las manos de los traficantes de la muerte”.

Ahí, Francisco citó las tres tentaciones que rompen, dividen la imagen de Dios detrás de las cuales está el diablo: La riqueza, la vanidad y el orgullo. Sobre la riqueza dijo que “adueñándonos de bienes que han sido dados para todos y utilizándolos tan sólo para mí (…) “Es tener el pan a base del sudor del otro” que llega a su propia familia; ha dicho que ese pan es pan envenenado.

La tercera tentación que nombró fue “el orgullo”, el “ponerse en un plano de superioridad del tipo que fuese, sintiendo que no se comparte la vida común de los mortales”. Y fustigó: “Sabemos lo que significa ser seducidos por el dinero, la fama y el poder”. Son tentaciones del demonio.

Hoy en San Cristóbal podría hacer un espacio en su agenda y orar en la tumba de Samuel Ruiz. ¿Podría se beatificado como lo hizo con Oscar Arnulfo Romero? Ambos fueron amigos, precursores de la Teología de la Liberación y defensores de los pobres.

paulinocardenas.wordpress.com

@Paulinocomenta

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