El Ejército ha perdido respeto

PAULINO CÁRDENAS

Hoy son muchos los ciudadanos que lejos de admirar y respetar a los miembros del Ejército Mexicano, les temen. Su rol ha sido cambiado. Ahora hacen el papel de policías y perseguidores de sicarios al servicio del crimen organizado. Y se han contagiado; muchos se han convertido en una caterva de malandrines… o en algo mucho peor, en obligados asesinos.

No estamos refiriéndonos a los militares que conocen y respetan los principios de rectitud y honestidad castrense y ponen en alto el honor a la institución que los formó, sino a los que vuelven las armas contra su pueblo y que se han convertido en parte de un Ejército traidor a la Patria. Ese Ejército está bajo el mando del general Salvador Cienfuegos Zepeda.

El hecho es que con el pretexto de que van contra el narco, se ha hecho costumbre ver cómo miembros del Ejército arrasan parejo contra quienes sospechan que están vinculados con los criminales. De ahí que mucha gente inocente en muchos poblados del país se esté quejando cada vez más de los abusos que cometen.

Por eso renacieron los grupos de autodefensa en estados como Michoacán: para defenderse primero de los criminales y luego también de los militares y policías coludidos con esas bandas. Más tarde esos grupos civiles fueron cooptados por el representante presidencial plenipotenciario Alfredo Castillo. Pero esa es otra historia.

Lo cierto es que los militares están adiestrados para actuar, no para pedir permiso. Están enseñados a matar sin respingar cuando tienen la orden de hacerlo. Ejemplos ha habido muchos. El caso Tlatlaya es muy significativo; recibieron la orden de disparar contra mexicanos y estos fueron ejecutados extrajudicialmente.

Los militares que participaron en Tlatlaya hicieron recordar el caso de Acteal. Eso deshonra al Ejército; los militares no deberían convertirse en viles asesinos. Y parece que cuando la orden viene de arriba, nadie se escapa en ese tipo de actos, ni generales, ni coroneles, ni capitanes, ni tenientes. Y la tropa solo actúa ‘porque son órdenes superiores’.

Ellos no piden permiso… ni perdón. Por eso crece el número de quejas por violaciones a los derechos humanos. Las fuerzas armadas siguen sin ser sometidas al marco legal. Las protege una Ley Militar simulada, creada para hacer justicia a modo, manchada de verde olivo y de sangre, como lo ha señalado la valerosa reportera Sanjuana Martínez.

Fue un demagogo panista, Felipe Calderón, quien en su calidad temporal de comandante supremo de las fuerzas armadas, ordenó al Ejército salir de sus cuarteles y ponerse a combatir a los cárteles de la droga.

A uno días de haber llegado al cargo en el 2006, se puso el uniforme militar y dijo que no habría cuartel contra ‘los enemigos de la patria’ refiriéndose a los capos del narco. Y ordenó a los militares a salir de sus guarniciones y combatir a ese flagelo. Se le hizo fácil.

El Ejército empezó a combatir narcos en pequeños municipios de Michoacán, la tierra natal de quien hoy quiere regresar a Los Pinos por interpósita persona. Y acabó administrando ‘su’ guerra con un saldo de más de 100 mil muertos. ¿Aún con ese récord Guinness quiere ser pareja presidencial?

Los militares están adiestrados para otra cosa, para matar, no para hacerle de policías ni de agentes antinarco como lo quiso Calderón y ahora Enrique Peña Nieto. Ya en las calles muchos militares se transforman en ‘milicos’, un término usualmente despectivo que el pueblo usa en algunos países donde ha habido dictaduras, para referirse a militares ‘mala madre’ que solo obedecen a los que están en el poder.

De un tiempo para acá muchos miembros del Ejército han ido dejando a un lado sus principios castrenses y acaban incluso coludiéndose con las mafias del crimen. Desde que salieron, por órdenes superiores, a combatir a las organizaciones que trafican drogas, se han echado a perder. Incluso muchos parecen participar gustosos en operaciones que van contra el pueblo.

Hay que decir que según trascendidos, al general Cienfuegos le han pasado de noche algunas órdenes que se dan a ciertos grupos especiales de elite del Ejército de las que él ni se entera… hasta que suceden. ¿Quién las da? Tal parece que el de Tlatlaya habría sido un caso, aunque eso no lo exime de culpa.

Al final de cuentas parte de ese Ejército que comanda se ha convertido en una casta de privilegiados con licencia para torturar, desaparecer y ejecutar extrajudicialmente. Le sigue los pasos a los generales que provocaron históricas matanzas contra civiles, que acostumbran echarle la culpa a los periodistas ‘que todo inventan’.

Solo para recordar ahí están los casos de Tlatelolco, Jueves de Corpus, Acteal, Aguas Blancas y Atenco. Y más recientemente San Fernando, Tlatlaya, Ayotzinapa, Tanhuato y Apatzingán entre otros muchos hechos de sangre donde han participado activa o pasivamente los militares.

Ante tantas críticas que ha tenido, el general -que no soporta, igual que su jefe estructural, que se le cuestione como lo ha hecho el GIEI por el caso Ayotzinapa-en , ya comenzó a decir que “el Ejército debe regresar a los cuarteles y salir de las calles; fue un error entrar en la guerra contra el narco” ha comentado en diversas entrevistas. Tardía reacción. Sírvale de consuelo saber que en la Marina andan por las mismas. Pero ese es otro tema.

paulinocardenas.wordpress.com

@Paulinocomenta

 

Anuncios

Comentarios desactivados en El Ejército ha perdido respeto

Archivado bajo El Ejército ha perdido respeto

Los comentarios están cerrados.