¿Priístas corruptos a la cárcel?

PAULINO CÁRDENAS 

Al señalar Enrique Ochoa Reza, nuevo dirigente del PRI nacional, que “tenemos que ser un partido que señale la corrupción de los gobiernos emanados de nuestras filas, que exija su fiscalización e incluso su destitución”, parece dejar en claro que ese será uno de sus primeros propósitos para empezar a restaurarle la confianza perdida por la sociedad en el PRI-Gobierno. Dijo que para lograr tal propósito, ‘hay que limpiar la casa’.

En el auditorio Plutarco Elías Calles de la sede nacional tricolor, comentó a sus correligionarios que su partido “aún está en momento de rectificar”. Luego de resaltar las políticas públicas y económicas del gobierno de Enrique Peña Nieto, dijo que el mandatario es “el principal activo” de su partido. Era obligado decirlo. Era lo políticamente correcto. Pero, fuera del recinto donde se celebró la toma de posesión de su nuevo cargo, nadie le creyó.

Todo mundo sabe que Peña Nieto fue parte importante de la debacle que sufrió el PRI en las elecciones del pasado mes de junio; fue factor principal de las derrotas consideradas históricas como las de Veracruz, Chihuahua y Quintana Roo. Obviamente que las fechorías de los gobernadores de esos estados, todavía en funciones, fueron determinantes en lo particular. Pero el mal gobierno peñanietista influyó en lo general para que el PRI perdiera.

Hay temores cifrados de que en el estado de México, en el 2017, pudiera perder el PRI por similares razones, lo mismo que en Nayarit y Coahuila en donde también habrá elecciones el año próximo. Pero el temor principal es que en 2018 de plano también acabe perdiendo el partido en el gobierno, por lo que ya se hacen conjeturas acerca de si el PRI tendrá que cederlos bártulos a otro partido o ir en coalición muy probablemente con el PAN, con candidata panista.

De todo eso se rumoraba entre los asistentes en la sede del partido tricolor, antes de que diera comienzo el acto protocolario celebrado ayer para darle posesión al nuevo dirigente del PRI que, pese a la consabida cargada a la antigua y los aplausos repletos de lambisconería, el comentario a sotto voce seguía siendo de sorpresa y desconcierto por haberse escogido a un ilustre desconocido como responsable de llevar las riendas del partido en el gobierno, se supone que de aquí al 2018.

Esa fiesta del alarido priísta hizo olvidar a los presentes en el Plutarco Elías Calles, la situación del país que más de una vez ha estado a un paso de una revuelta social contra el gobierno federal, que se ha convertido en un gobierno déspota y autoritario y ha querido apaciguar los conflictos a balazos y no por la vía pacífica que supondría un gobierno que se dice democrático y respetuoso del estado de Derecho. Eso ha sido más una falacia que una verdad.

El caso de la disidencia magisterial y la matanza de Nochixtlán donde hubo nueve muertos y decenas de heridos el pasado 19 de junio, lo que fue considerado por las víctimas como un crimen de Estado, fueron ignorados por los 541 de 738 consejeros que integran el Consejo Político Nacional ante los que hizo su juramento de ley partidista Ochoa Reza.

Del pescuezo de su partido cuelgan muchos pendientes y muchos agravios que con discursos de buenos propósitos del nuevo dirigente de ese partido no se van a mitigar y menos a olvidar. Los casos que más le pesan al PRI son los actos no solo de abusos administrativos sino delictivos en los que han incurrido gobernadores priístas en este y anteriores sexenios. Los casos más notables del sexenio son Javier Duarte, César Duarte y Roberto Borge. Pero hay muchos más.

Si va en serio los que dijo el hasta hace unas horas el ilustre desconocido que a partir de ayer maneja los destinos del PRI, de que “tenemos que ser un partido que señale la corrupción de los gobiernos emanados de nuestras filas, que exija su fiscalización e incluso su destitución”, necesariamente el asunto tendría que ir mucho más allá y tendría que hacer acusaciones formales ante el Ministerio Público y la PGR.

Pero si al PRI se le ocurre que participe la Secretaría de la Función Pública con información proporcionada por la Auditoría Superior de la Federación, para formular cargos administrativos, entonces maldita la cosa porque pasaría lo mismo que con los conflictos de interés en el que incurrieron Peña Nieto y Luis Videgaray, quienes fueron exonerados por una cosa llamada Virgilio Andrade, en el asunto de la Casa Blanca y la casa de Malinalco, que fue otra de las burlas que no le perdonan los mexicanos al “principal activo” del PRI.

Enrique Ochoa Reza habló también de que su partido debe alejarse de la imagen de corrupción y abuso del poder que tiene los gobernadores y funcionarios de elección popular emanados del PRI. Alguien tendrá que decirle que el combate a la corrupción en México, que debía ser promovida principalmente por el gobierno, ha sido de simulación constante. La “mafiocracia” como le nombra Edgardo Buscaglia a lo que López Obrador llama la mafia del poder, ha sido el principal obstáculo.

De manera que el nuevo dirigente del PRI, tecnócrata él, tiene mucho que aprender de lo que Peña Nieto describió alguna vez como ‘un asunto cultural’, que es la corrupción en México. Si la mafiocracia o la mafia del poder, en manos del PRI-Gobierno, es la que evita que prospere un verdadero Sistema Nacional Anticorrupción, el apunte que hizo sobre el propósito de alejar a su partido de la corrupción y el abuso de poder quedará como un recurso retórico de inicio de gestión, pero nada más.

paulinocardenas.wordpress.com

@Paulinocomenta

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